La juventud arrebatada: los que se quedan, los que se van y los que nunca volverán

Ser venezolano en estos momentos implica no poca capacidad de resistencia ante la grave crisis que atraviesa el país y, en consecuencia, la sociedad. Si no se está afectado por la escasez de productos básicos, al menos se lo está ante los alarmantes acontecimientos que vive el país. No hay venezolano que se precie de serlo que no esté aquejado por lo que vivimos hoy en día, y los jóvenes no son la excepción. Nos encontramos ante un panorama que es francamente desolador, casi como un desierto, sin oportunidades y marchito; pero recordemos que los desiertos tienen oasis, y Venezuela aún no está muerta, vivirá tanto como nosotros estemos dispuestos a luchar por ella.

Y los jóvenes lo han hecho. Lo siguen haciendo. Y mueren por eso.

Porque la lucha es para nosotros, así como para toda Venezuela, una cuestión existencial, pero en un grado mucho más profundo. No queremos vivir en un lugar donde haya que hacer largas colas hasta para comprar dos canillas de pan. No lo concibo. No lo tolero. Pero es mi presente y hay que enfrentarlo.

Y así como yo lidio con mi presente y me cuestiono sobre mi futuro, todos los jóvenes lo hacen con el de ellos: están los que, como yo, se quedan el país; los que, como muchos amigos, se van; y por último, los que perdieron sus vidas luchando en las calles con la esperanza de un futuro mejor.

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El ataque a la AN: un ataque a la democracia

Desde que el gobierno de Nicolás Maduro perdió la mayoría en la Asamblea Nacional en diciembre de 2015, ésta ha sido para aquel, en el mejor de los casos, una piedra en el zapato, una muy grande. Con razón además: el parlamento es el sitio en el que yace el principio de la democracia, su sentido original; es donde las diferentes opiniones son escuchadas y las ideas puestas a prueba; es donde la palabra, parte fundamental de una sociedad civilizada, encuentra su poder; todos estos valores que contrapone Maduro. Dice Juan Carlos Laporte: «el Parlamento es la caja de resonancia de las diferentes voces de la opinión pública que transportan los reclamos de la esfera social a la esfera de la política». Pero el régimen de Maduro es sordo, a éste no le interesa escuchar reclamos, sólo loas y alabanzas, es por ello que a la institución garante del poder de la palabra la calla.

Así, pues, ahora sabemos algo más acerca de su régimen: además de sordo, es bruto y cruel; los actos salvajes desplegados en contra de la población en general, y contra la Asamblea Nacional (AN) en particular, lo demuestran. Es en la segunda en la que me voy a enfocar: ¿Qué implicaciones tiene para nuestra democracia ese ataque?, ¿qué nos dice del estado de cosas en Venezuela?, ¿es esto el triunfo de la barbarie sobre la civilización, aquello que tanto temían los románticos? Veamos.

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Una voz en la algarabía: porqué abrí un blog

Una voz en una algarabía, eso es tener un blog en Internet. Son muchas las personas que depositan en la red de redes sus opiniones y su conocimiento, estos muchas veces quedan ocultos debido al alboroto mismo, al cual, paradójicamente, las mismas personas contribuyen a hacer. Yo quise hacer lo mismo y he aquí el resultado. Pero para alzar la voz primero hay que tener algo que decir y más vale que eso  que digas valga la pena; así, pues, en los últimos días me he preguntado qué es lo quiero decir, lo que me llevo a indagar acerca de las razones por las cuales abrí el blog y porqué los tres post que he publicado son de un sólo tema: la política. Este post nace de mis respuestas a mis propias preguntas y de la necesidad de hacer una especie de hoja de ruta o manifiesto al cual he de ceñirme en los próximos pasos de la página.

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Dos Venezuelas: los polos del país

Hay veces que siento como un fuego en mi corazón. No es amor. No es candidez. Es rabia, molestia, humillación, y, a veces, también odio. Está dirigido a aquellos que piensan distinto, que tienen una visión política diferente. En muchas ocasiones me sorprendo de cuán hondo está el sentimiento, cuán profundo se halla en mí, incluso me avergüenza admitirlo. No lo controlo, o aún peor, no  parezco querer hacerlo. Y lo que es más, no está simplemente dirigido a los líderes del bando político al cual me opongo (no tiene mucho caso decir cuál es), sino a quienes casan con su pensamiento, a las personas de a pie, que por alguna razón u otra, concuerdan con sus políticas. Es terrible, porque no es solo una rivalidad política, un encontronazo de ideas como cualquier otro, sino una sensación de rencor y molestia, como enemigos en una batalla. De tal modo que incluso ha afectado mi vida personal, pues en mi familia no impera, cual bloque monolítico, una sola visión, sino que “conviven” varias de ellas. Mejor dicho, dos. Dos miradas a la realidad, dos bloques encontrados, ¿dos bandos en una guerra? Espero no llegue a eso.

Estoy seguro de que lo que estoy contando, si usted, lector, es venezolano, no le es ajeno. Probablemente conoce usted esa sensación de la que hablo. Quizás la alimentó con palabras llenas de odio, insultos o noticias mal intencionadas. No lo juzgo, yo también lo he hecho, desgraciadamente. Toda Venezuela lo ha hecho. Esa es nuestra crisis más grande. Más grave aún que la económica o la política, aunque probablemente espoleada por éstas.

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En medio de la tormenta

Estar en una tormenta en el mar es una situación terrible. No hay escapatoria de ese singular patíbulo, las olas embisten inmisericordemente a las embarcaciones, destruyen los mástiles  y los timones, los rugidos de los truenos parecen ser los de una bestia furiosa. Algunos marineros, fieles a una tradición politeísta, creían que el mar era un dios, o al menos, la representación de la furia de éste.

La historia es como el mar y en ocasiones tiene sus tormentas. En Venezuela lo sabemos. Durante años vivimos en aguas calmas: instituciones democráticas, un país que iba viento en popa o que al menos no estaba al borde del naufragio, una política con tiempos tan estables que éramos capaces de decir: “eso fue cuando Caldera” o “yo me acuerdo, eso fue en el de Luis Herrera”. Pero nos confiamos y dejamos que la tormenta arreciara. Una figura mesiánica y autoritaria surgió en el horizonte: nosotros le dimos la bienvenida. Como el incauto que invita al vampiro a entrar a su hogar.

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El largo brazo de la política

Venezuela vive una tragedia, no puede llamarsele de otra forma, pues como en las obras de Shakespeare, sus protagonistas están muriendo. No los bandidos de cuello blanco que nos han llevado a esta situación, ni siquiera la dirigencia política que se alza en contra de ellos, todo sea dicho, con sus propias ambiciones de poder. Son sus jóvenes. “Nos están matando”, fue el histérico grito de una mujer muy lejos del país que sentía el dolor de los que aquí luchan como suyo. De su garganta salió expelido el grito que aún profiere Venezuela, estallando en los oídos de quienes aún no despiertan.

“Nos están matando”.

¿Cómo pensar en otra cosa?, ¿Cómo permanecer impasible ante la vorágine de destrucción? Es un huracán constante de sucesos que uno tras otro no parecen augurar otra cosa que no sea una hecatombe. ¿O ya lo es? Ciertamente para las personas que vieron allanadas sus casas en Barquísimeto y Caracas, sus mascotas masacradas y sus  hijos encarcelados o amenazados bajo la ridícula etiqueta de terroristas, lo es. Cada día lloramos la pérdida de otro héroe, cual tragedia griega, en la que el destino del héroe era morir en épicas batallas.

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