En medio de la tormenta

Estar en una tormenta en el mar es una situación terrible. No hay escapatoria de ese singular patíbulo, las olas embisten inmisericordemente a las embarcaciones, destruyen los mástiles  y los timones, los rugidos de los truenos parecen ser los de una bestia furiosa. Algunos marineros, fieles a una tradición politeísta, creían que el mar era un dios, o al menos, la representación de la furia de éste.

La historia es como el mar y en ocasiones tiene sus tormentas. En Venezuela lo sabemos. Durante años vivimos en aguas calmas: instituciones democráticas, un país que iba viento en popa o que al menos no estaba al borde del naufragio, una política con tiempos tan estables que éramos capaces de decir: “eso fue cuando Caldera” o “yo me acuerdo, eso fue en el de Luis Herrera”. Pero nos confiamos y dejamos que la tormenta arreciara. Una figura mesiánica y autoritaria surgió en el horizonte: nosotros le dimos la bienvenida. Como el incauto que invita al vampiro a entrar a su hogar.

Y aquí estamos, en medio de intensos vientos, una vorágine que pareciera no acabar y ninguna deidad que escuche nuestras plegarias. Nuestro navío está en riesgo. Ese barco es nuestra cordura, nuestra razón. No  podemos dejar que la tormenta nos embista y nos derribe. Debemos permanecer fuertes y concentrados en la que debería ser nuestra mayor labor: construir un mejor país.

“Pero —se preguntará el lector—, ¿Cómo combatir, no digamos detener, una tormenta, si éstas son implacables muestras de brío de la naturaleza?” Se pueden y deben detener. Pues si bien la historia es como el mar, tienen una diferencia fundamental: la historia puede ser cambiada. El mar, en cambio, permanece estoico ante nuestros intentos de atacarlo. Pregúntenle a Calígula y sus intentos de pelear con las olas. Por supuesto, proponerse a la empresa de cambiar la historia, además de ser algo cliché, es pelear con un gigante. Precisamente por ello hemos de ser Ulises y no Aquiles, como apunta Federico Vegas en un maravilloso artículo titulado “El manual de los opuestos”:

Vivimos una Odisea, no una Ilíada. Ciertamente es una guerra civil, pero una en que un bando tiene todas las armas, y, con esa proporción, de poco nos sirve la cólera de Aquiles y de mucho la astucia de Ulises. No estamos en Troya sino atrapados en la cueva del gigante Polifemo que veía y juzgaba por un solo ojo, y fue aniquilado por alguien que se hacía llamar “Nadie” y hoy somos “Todos”.

Nuestras herramientas para combatir son, pues, nuestra razón, nuestra cordura y nuestra astucia. Que son todas, recordemos, la embarcación embestida por la tormenta. Entonces, en orden de defendernos, debemos mantener nuestras herramientas aptas, conforme a la tarea que tenemos entre manos. Una de las maneras de hacerlo es no sucumbir ante las bajas pasiones como la furia, el odio o la rabia, sintetizándolo en una palabra muy venezolana, la arrechera. Pues semejantes sentimientos, si bien manifestaciones de nuestra propia naturaleza humana, no lograrían nada más allá de nublar nuestra razón, hundiéndonos en una espiral de miseria impuesta por nosotros mismos.

Permanecer sereno ante la batalla, así es como actúan los buenos soldados. Pero los grandes estrategas analizan y razonan el campo de batalla, sus enemigos, las fortalezas y debilidades de estos, así como las suyas propias. Un buen general analiza los combates en los que ha incursado, viendo que regimientos es capaz de usar para el próximo. Se establece en terreno alto y observa, ve como cargan sus ejércitos en contra del enemigo, y dirige como un coreógrafo ese baile violento. Hemos de ser como el estratega y razonar donde estamos parados, que clase de terreno pisamos. Mirar a nuestro alrededor y ver lo que nos rodea. Sacar del caos de las noticias y los escándalos, los hechos que las hacen merecer nuestra atención o no. Sobre todas las cosas necesitamos pensar.

Porque pensar es esencial, pudiéramos decir que es el quid del asunto. Pero es ésta  una actividad de la que se suele huir, pues implica un gran esfuerzo por parte nuestra y, muchas veces, acceder a lugares de nosotros mismos que preferiríamos mantener ocultos y escondidos en algún recoveco de nuestra mente. Encendemos el televisor y preferimos ver la novela de turno o una película acerca de un gringo aniquilando rusos, revisamos el celular y vemos el millonésimo meme acerca de cualquier asunto baladí. Peor aún, genuinamente interesados en la actualidad del país, vemos VTV o alguno de los nauseabundos canales del estado, o alguno de los igualmente nauseabundos medios de “comunicación” virtuales que han surgido en los últimos años. Todas esas son maneras de evadir el acto de pensar. O al menos de no hacerlo críticamente, sin detenerse a cuestionar lo que nos están diciendo. Un país de idiotas es una de las formas más efectivas de controlar una población. Me apego a la frase de Kant, en donde sintetiza los valores de la Ilustración: “Sapere aude!”, “¡Ten el valor de usar tu propia razón!”

Vemos, pues, que esta tormenta en la que estamos inmersos es de una complejidad inmensa y que el valor, la serenidad y la astucia requeridos para hacerle frente no son pocos. Sin embargo, confío en que el pueblo de Venezuela es capaz de sobreponerse a estas situaciones, lamentablemente no tan novedosas en nuestra historia. Hoy nuestra misión es, como dije más arriba, construir una mejor Venezuela, luchar por ella desde todos los frentes posibles. Pero por sobre todas las cosas, lo debemos hacer usando nuestra razón, para así no caer de nuevo incautos en los sueños de la utopía de un loco.

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Un comentario en “En medio de la tormenta

  1. David Garay

    Es difícil, es difícil para mi no dejarme llevar por un sentimiento tan simple como la ira y la violencia que me ciega de todo criterio lógico. Más cuando constantemente tengo que lidiar con personas que tienen un lavadado de cerebro tan impresionante…
    Hasta el punto de querer tomar el primer objeto grande tosco y rudimentario y salir a partir cráneos huecos, dudo que haya algo en ellos…
    Muy bueno Bro.

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