El ataque a la AN: un ataque a la democracia

Desde que el gobierno de Nicolás Maduro perdió la mayoría en la Asamblea Nacional en diciembre de 2015, ésta ha sido para aquel, en el mejor de los casos, una piedra en el zapato, una muy grande. Con razón además: el parlamento es el sitio en el que yace el principio de la democracia, su sentido original; es donde las diferentes opiniones son escuchadas y las ideas puestas a prueba; es donde la palabra, parte fundamental de una sociedad civilizada, encuentra su poder; todos estos valores que contrapone Maduro. Dice Juan Carlos Laporte: «el Parlamento es la caja de resonancia de las diferentes voces de la opinión pública que transportan los reclamos de la esfera social a la esfera de la política». Pero el régimen de Maduro es sordo, a éste no le interesa escuchar reclamos, sólo loas y alabanzas, es por ello que a la institución garante del poder de la palabra la calla.

Así, pues, ahora sabemos algo más acerca de su régimen: además de sordo, es bruto y cruel; los actos salvajes desplegados en contra de la población en general, y contra la Asamblea Nacional (AN) en particular, lo demuestran. Es en la segunda en la que me voy a enfocar: ¿Qué implicaciones tiene para nuestra democracia ese ataque?, ¿qué nos dice del estado de cosas en Venezuela?, ¿es esto el triunfo de la barbarie sobre la civilización, aquello que tanto temían los románticos? Veamos.

El lugar de la palabra

Pero antes de ver porque es tan grave el ataque a la AN, primero hemos de saber cuál es la importancia de un parlamento en la democracia. Para ello leamos qué nos dice la Unión Internacional de Parlamentos en su «El parlamento y la democracia en el siglo veintiuno»:

El parlamento encarna las características propias de la democracia: debate y soluciones de transacción, en tanto medios de concreción del interés público, que trasciende la suma de los intereses individuales o sectoriales. Además, la eficacia con la que el parlamento desempeña sus funciones centrales de legislación, control presupuestario y supervisión del ejecutivo reviste esencial importancia para la calidad de la vida democrática.

Es por ello, aun de cual sea la opinión pública, que la AN es mucho más que un mero lugar para aprobar leyes, presupuestos y para servir de extensión del ejecutivo. Cuando un parlamento se convierte en eso, es porque la democracia se está debilitando. La AN es, sobre todas las cosas, la palabra puesta en práctica; es la muestra de que si no tuviéramos la poderosísima herramienta del lenguaje, jamás hubiéramos podido salir de las cavernas. Porque, pensémoslo, esa es la forma en la que yo estoy trasmitiéndote mis ideas y más aún, la forma en la que yo las razono. Es imposible hablar de civismo y sociedad sin hablar de la palabra; ya dijo Wittgenstein  que nuestro mundo era tan grande como nuestro lenguaje. Creo que no estaba equivocado.

Entonces, de ser así, cabría preguntarse ¿cuál es el lenguaje de aquellos que atacaron la Asamblea? Adelanto una posible respuesta: de tener uno, es uno de barbarie (la palabra viene del griego, es una onomatopeya que ejemplificaba los balbuceos de las tribus que hablaban otros idiomas).

Civilización y barbarie: choque de trenes

Si la palabra es razón y civismo, entonces la barbarie es lo contrario de hablar, y para mí eso es la violencia; cabría decir que el lenguaje de los irracionales es la violencia. Estamos siendo trágicamente testigos de ello, en una escalada que no se había visto en Venezuela en épocas recientes. Creo que es sintomático de la situación que vivimos el ataque a la AN: es el choque de la civilización contra la barbarie, y no en el sentido que le querían dar los románticos, de la civilización imponiéndose, sino todo lo opuesto: hoy es el barbarismo el que se quiere imponer.

Y de esta forma lo quiere hacer: el 5 de julio, el día de la Independencia para colmo de males, en una sesión extraorinaria, un grupo de colectivos violentos entraron en el Palacio Legislativo –con la venia de los militares cuyo deber es resguardarlo– y atacaron a los diputados allí presentes, además de la prensa y otros invitados; luego, como el pasado 27 de junio, los mantuvieron allí cautivos durante varias horas, hasta que los GN se dignaron de hacer unos «corredores» para sacarlos; el secuestro duró 8 horas. El resultado fueron 5 diputados heridos y una prueba del dramático estado de la situación en Venezuela.

Por un lado está la democracia, la ética, la razón; del otro, la violencia, la abyección, el salvajismo. Un lado lucha con las leyes a su favor, el otro las manipula despreciablemente; de un lado está la paz y una Venezuela mejor, del otro, bueno, el mismo camino que nos trajo a este pozo.  Esos dos bandos opuestos no son la oposición y chavismo, no estoy reduciendo el problema a ese insultante simplismo. Lo reduzco a esto: una población que, pacífica y democráticamente, se enfrenta a un gobierno despótico y autoritario, el cual, entre otros desmanes, ha desconocido y violado con atrocidad la autoridad y la integridad física de una de las más importantes, sino la que más, instituciones democráticas.

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Un comentario en “El ataque a la AN: un ataque a la democracia

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