La juventud arrebatada: los que se quedan, los que se van y los que nunca volverán

Ser venezolano en estos momentos implica no poca capacidad de resistencia ante la grave crisis que atraviesa el país y, en consecuencia, la sociedad. Si no se está afectado por la escasez de productos básicos, al menos se lo está ante los alarmantes acontecimientos que vive el país. No hay venezolano que se precie de serlo que no esté aquejado por lo que vivimos hoy en día, y los jóvenes no son la excepción. Nos encontramos ante un panorama que es francamente desolador, casi como un desierto, sin oportunidades y marchito; pero recordemos que los desiertos tienen oasis, y Venezuela aún no está muerta, vivirá tanto como nosotros estemos dispuestos a luchar por ella.

Y los jóvenes lo han hecho. Lo siguen haciendo. Y mueren por eso.

Porque la lucha es para nosotros, así como para toda Venezuela, una cuestión existencial, pero en un grado mucho más profundo. No queremos vivir en un lugar donde haya que hacer largas colas hasta para comprar dos canillas de pan. No lo concibo. No lo tolero. Pero es mi presente y hay que enfrentarlo.

Y así como yo lidio con mi presente y me cuestiono sobre mi futuro, todos los jóvenes lo hacen con el de ellos: están los que, como yo, se quedan el país; los que, como muchos amigos, se van; y por último, los que perdieron sus vidas luchando en las calles con la esperanza de un futuro mejor.

Los que se quedan

Un día estaba debatiendo con unos amigos, estos se lamentaban de estar desperdiciando sus juventudes, que la crisis, consecuencia de la nefasta administración del Gobierno, les quitaba la oportunidad de ir a fiestas,  de salir, ir al cine o a comer en un restaurante, etc. Yo estaba de acuerdo con ellos hasta cierto punto, me parecía simplista que se quejaran simplemente de fiestas y demás, y no de la falta de oportunidades de trabajo, de estudio, ¡de comida y medicinas! Aunque su punto era válido: pasamos nuestra juventud esquivando los escollos de la crisis en todos los niveles.

Estudiar, por ejemplo, que es algo que siempre se asocia a la juventud. No porque las personas mayores no puedan estudiar, sino porque es en los primeros años de existencia en los que nos formamos como individuos útiles para la sociedad, y parte de eso lo constituye formarse para adquirir un empleo.

Y no es esta un área que se haya salvado de los embates de la inflación y las malas políticas del Estado. Los paros, falta de profesores, fallas en el transporte, carencia de reactivos químicos en las carreras que los necesitan, son sólo unos pocos de los problemas que podemos reseñar sobre la educación superior pública en Venezuela. Y no, la privada no se salva. Si bien las universidades privadas, por ejemplo, tienen menos paros, los costes de los semestres son tan elevados que es imposible para una gran parte de la población costeárselo.

Sin embargo, aquí seguimos, luchando por cada día de clases. Y orgullosos de hacerlo. Porque no podemos permitir que un gobierno nos quite nuestro derecho a estudiar y a surgir. A construir una Venezuela mejor desde las páginas de los libros, los cuadernos y las pizarras.

Los que se van

Según algunas organizaciones la cantidad de venezolanos en el exterior es de 1.5 millones, mientras otros creen que llegan a los 2 millones. En fin, una cantidad inmensa de emigrantes salidos de este país. Una suma que nos afecta a todos, pues creo que la mayoría de nosotros tiene un familiar o un amigo probando un mejor futuro en el exterior; y de esta forma también podemos constatar que la vida en el extranjero no es paseo de flores, sino que es muy complicada, máxime cuando se llega al país en condición de ilegal indocumentado.

Y es un fenómeno que no para de crecer, y que además afecta a todos los estratos socioeconómicos, pero, según este estudio de Genny Zúñiga Álvarez, los principales emigrantes son «jóvenes de sectores de clase media y desde el punto de vista educativo, con un perfil de alta calificación». O sea, que una gran parte de la mano de obra cualificada que tenemos en el país con la mejor edad o está fuera de las fronteras, o está pensando en marcharse (30% de la población Venezuela está preparando los papeles para irse). Esto es calificado como una fuga de talentos o de cerebros, que Zúñiga define como la «emigración de individuos que alcancen como mínimo la educación universitaria y posterior a ésta, o con una experiencia laboral equivalente a este nivel de instrucción».

Cabe destacar que gran parte de estos migrantes cualificados han egresado de instituciones públicas, lo quiere decir que el Estado invirtió dinero en la educación de estas personas que están aprovechando otros países. Estamos preparando los profesionales de USA, Colombia, Perú, etc. En el 2001, según el estudio de Zúñiga, había 9000 científicos venezolanos en USA. En Venezuela, para ese mismo año había 6000.

No es culpa de los emigrantes, sino de un país que no logra brindarles oportunidades dignas a esos jóvenes recién egresados de la universidad.

Los que nunca volverán

Las situaciones que he narrado más arriba han llevado a una explosión, a un estallido popular inédito en nuestra historia reciente. Y tal como los seminaristas fueron protagonistas en aquella batalla el 12 de febrero de 1814 en la que, como dijo Eduardo Blanco en Venezuela Heroica: «una generación todavía adolescente, abandona las aulas y el Nebrija para tomar el fusil. (…) Sobre la boca del seminarista se ostentan de improviso los arreos del soldado»; hoy también una generación aún adolescente se ha volcado en las calles a manifestar su descontento ante el oprobio y las vejaciones constantes que nos somete el régimen.

Pero tiene precio. Más de cien días de protestas; más de cien muertos.

La mayoría de esos más de 100 fallecidos son parte de esa generación joven. Para el 10 de mayo, a menos de poco más de un mes de iniciadas las protestas, el promedio de fallecidos era de 27 años. Poco ha variado ese promedio tras duplicarse el número de fallecidos (para ese día era 50).

Alarmantes han sido los casos de los fallecidos con menos de 18 años, tales como Armando Cañizales, Neomar Lander o Fabián Urbina. No podían votar pero aun así murieron en esta lucha que más arriba califiqué de existencial.

Son ésos muchachos que nunca más verán a sus desconsoladas madres, o no verán a sus amigos en el liceo o en la universidad, no irán al cine, no tendrán novia, ni se casarán…

Nunca volverán.

Pero en cierta forma se mantienen con nosotros. Decían los epicúreos que uno no muere siempre que sea recordado. Y estos jóvenes lo serán. Igual que hoy recordamos a Bassir y los otros 43 que fallecieron en la misma lucha en el 2014. Igual que hoy conmemoramos a los seminaristas de la batalla de la Victoria.

Somos nosotros, la juventud del país, los que tenemos sobre nuestros brazos el futuro del mismo. Cargamos sobre nuestros hombros la responsabilidad de entender el gran rol que tenemos en frente de nosotros. El de construir un mejor  país. No la Venezuela del pasado, sino la del futuro. Una que solucione los problemas del siglo pasado y de estas dos décadas y se enfrente con gallardía a los retos del siglo XXI, hacer que el país llegue a la modernidad.

Nuestro momento es ahora. Somos los protagonistas de esta historia. No lo arruinemos. Por Bassir, por Pernalete, por Neomar… por todos ellos.

 

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4 comentarios en “La juventud arrebatada: los que se quedan, los que se van y los que nunca volverán

  1. Eudimar Quintero

    Leer esto fue un resumen de lo que he pensado en estos últimos días. Es triste pensar como la situación del país, no solo nos cohíbe del estar enfermo con tranquilidad o el siquiera vivir con la misma, si no que perturba los sueños de nosotros los jóvenes y sin duda eso es fatal. Más de una vez he tenido que cancelar mis proyectos musicales, literarios o cualquier otro medio por cosas como los absurdos (Por que son absurdos) precios de lo necesario, o la visión que pueda tener estas cosas en el país. Es triste que no alcance para ni para soñar, hoy en día. Y no creo que haya algo más venenoso para una nación que matar los sueños de su juventud. Excelente entrada Jesus. Me identifique mucho.

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    1. ¡Muchas gracias, Eudimar! Creo que los sueños de juventud (o de la juventud) nunca mueren (sólo se van de parranda).
      Lo de los precios la verdad es una situación kafkiana. Por ejemplo, para comprar libros tienes que escoger entre comer y leer (haré post de eso). En este caso creo que la piratería es hasta ética.
      Saludos 🙂

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