Salir de Maduro con balas y no con marchas

Venezuela es una dictadura. No es un secreto a voces, ni un descalificativo malintencionado a un gobierno impopular. Es un hecho evidente y notorio. Para otros análisis quedará la tarea de ver cuando Venezuela pasó de ser una democracia chueca a una dictadura; baste decir que es indubitable que el Estado de derecho se vio herido de muerte desde inicios de 2016, cuando el Gobierno empezó a desconocer la voluntad del pueblo expresada en la AN, mediante un TSJ subordinado al ejecutivo.

Muchas han sido las respuestas foráneas a esta realidad, desde periódicos que, acorde con su manual de redacción, empezaron a clasificar a Venezuela como dictadura, hasta las sanciones impuestas a Maduro por parte de EE.UU,  incluyendo su nombre en un selecto grupo junto a otras infames figuras como Mugabe en Zimbaue; Kim Jong-un en Corea del Norte o Bashar al-Ásad en Siria.

Pero las reacciones realmente importantes  al respecto son las que se manifiestan en el interior del país, las que tienen como objetivo la derrota de la dictadura y la instauración de una democracia duradera que pueda traer la paz. Así, pues, hemos visto como durante los últimos cuatro meses la población se ha volcado a las calles con un espíritu de desafío no violento, lo que ha traído como consecuencia la radicalización de la llamada «Revolución Bolivariana» y el avance definitivo hacia una dictadura al imponerse una Asamblea Nacional Constituyente fraudulenta y sectaria.

Pareciera, a los ojos de una gran parte de la población, que los esfuerzos llevados a cabo durante los últimos meses han sido en vano, al igual que la pérdida de más de 100 vidas. Un sentimiento de desánimo y desesperanza se arraigó en los que se oponen al régimen, sentimiento que, por cierto, estaba ya presente desde antes, pero con menos ímpetu. Ese es uno de los objetivos de las dictaduras: la pérdida de confianza por parte de la población en sí misma, en su capacidad de lucha, y el temor a manifestarse por la cruel represión llevada a cabo sistemáticamente por el régimen. En síntesis, el dominio total y absoluto de la sociedad.

Con un enemigo tan pérfido y astuto se suele pensar que el método de lucha no violenta es ineficaz, y se acuden a los viejos fantasmas latinoamericanos: los alzamientos violentos, los golpes de estado y las intervenciones extranjeras

En las siguientes líneas voy a analizar cada una de las alternativas a la luz del libro del tres veces Nobel de la paz Gene Sharp, «De la dictadura a la democracia», el cual es un excelente documento para ilustrase acerca de esa realidad política y de cómo combatirla. En próximos artículos continuaré con los análisis acerca del libro.

Alzamientos violentos y golpes de estado

Las guerras civiles y los golpes de estados son parte de nuestra historia. No es extraño, pues, que en estos momentos se quiera acudir a semejantes manifestaciones con el fin de acabar con una dictadura que se ha mostrado implacable. Ya ha funcionado antes: el 23 de enero de 1958 Marcos Pérez Jiménez sale del poder más por el alzamiento militar que por el popular.

Pero que los militares salgan a luchar contra el régimen de Maduro parece hoy improbable, lo que nos deja la opción de que quiénes luchan hoy en las calles sin más armas que unos escudos, tomen unos fusiles y se lancen a luchar valientemente hasta salir victoriosos una madrugada que digamos: «¡Huyeron! ¡Maduro y su camarilla huyó del país! ¡Ganamos!». Sin embargo las guerras no se libran con valentía, se libran con capacidad de organización, soldados, armas, en síntesis, con fuerza.

Y fuerza es lo que tiene la dictadura. Según Gene Sharp es precisamente éste el «modo de lucha en el cual los opresores casi siempre tienen la superioridad. Los dictadores pueden aplicar la violencia irresistiblemente». Pero, se cuestionará el lector, ya Maduro ha hecho uso de la fuerza, solo basta mirar con qué brutalidad ataca a manifestantes desarmados. Precisamente: desarmados; imagínese cuánta fuerza es capaz de utilizar contra quienes sí estén armados: «las rebeliones violentas desencadenan violentas represiones que con frecuencia dejan a la población más indefensa que antes», nos sigue diciendo Gene Sharp.

Otra cuestión nos viene a decir porqué es desaconsejable la violencia, sintetizada en la pregunta: ¿Y después qué? Después de una guerra el país queda maltrecho y herido, y nada garantiza que quiénes tomen el poder tengan un verdadero espíritu democrático. No solo es salir de la dictadura, es también instaurar una democracia fornida que garantice que no habrá más dictaduras en el país. Y a las pruebas me remito: las revoluciones violentas del siglo XX que derrotaron regímenes totalitarios y tiránicos en nombre de libertad y la democracia, instauraron ellas mismas sus propios sistemas dictatoriales, si cabe, aún peores, tal fue el caso de la extinta URSS y Cuba, cuyo régimen sigue atornillado en el poder, tras superar incluso el siglo XXI, quedándose atrapado en el XX.

Invasión extranjera

Hoy el presidente de EE.UU, Donald Trump, declaró que él «no descartaba una acción militar en Venezuela». Muchos, los irracionales, han aplaudido estas declaraciones, movidos por el pensamiento de que los venezolanos no somos capaces de resolver este conflicto por nosotros mismos, vierten sus esperanzas en que una potencia extranjera nos salve del embrollo en el que nos metimos.

Debemos pensar que si una potencia extranjera nos ayuda no será por su buena voluntad, sino por sus propios intereses económicos y geopolíticos, recordemos que Venezuela sigue teniendo la mayor reserva petrolera del mundo, junto con otros tesoros naturales de gran valor. Gene Sharp nos vuelve a ayudar en este punto, destacando las «ásperas realidades» con respecto a una invasión extranjera:

  • Con frecuencia los estados extranjeros tolerarán, o ayudarán inclusive, a la dictadura a fin de avanzar sus propios intereses económicos o políticos.
  • Los estados extranjeros podrían estar dispuestos a vender al pueblo oprimido a cambio de otros objetivos, en lugar de mantener las promesas que le hicieran de ayudarlo en su liberación.
  • Algunos estados extranjeros actuarán contra la dictadura, pero sólo a fin de ganar para sí mismos el control económico, político y militar del país.
  • Los estados extranjeros podrían involucrarse activamente para fines positivos sólo cuando hubiere un movimiento interno que ya haya comenzado a sacudir la dictadura y logrado que la atención internacional se enfoque sobre la índole brutal del gobierno.

Sin embargo, nos alerta sobre como sí sería beneficioso el apoyo internacional:

Las presiones internacionales pueden ser muy útiles cuando apoyan un poderoso movimiento de resistencia interna. Entonces, por ejemplo, el boicot económico internacional, los embargos, la ruptura de relaciones diplomáticas, la expulsión del gobierno de organizaciones internacionales, la condena del mismo por alguno de los cuerpos de las Naciones Unidas y otros pasos semejantes, pueden contribuir grandemente. A pesar de todo, si no existe un fuerte movimiento de resistencia interna, tales acciones por parte de otros es poco probable que se den.

Hemos visto como esto puede ser cierto, sólo después de las masivas movilizaciones llevadas a cabo por la población ha sido posible poner la mirilla del mundo en Venezuela y su dictadura.

El camino a seguir

Si la violencia interna y externa no son la mejor opción para salir de una dictadura, ¿cual sí la es? El método de desafío masivo no violento. Uno que se enfoque en los puntos débiles de la dictadura y en su mecanismos de distribución del poder: Maduro sólo es presidente porque lo reconocemos como tal. Si todos desconociéramos a Maduro, su ANC, su CNE y su TSJ, además de movilizarnos y combatirlos activamente, entonces podríamos obtener la democracia por medios que garanticen un futuro sin dictaduras. A tal respecto nos dice Sharp que para «echar abajo una dictadura con la mayor efectividad y al menor costo, hay que emprender estas cuatro tareas», que son:

  • Se debe fortalecer a la población oprimida en su determinación de luchar, en la confianza en sí misma y en sus aptitudes para resistir;
  • Se debe fortalecer a los grupos sociales e instituciones independientes del pueblo oprimido;
  • Se debe crear una poderosa fuerza de resistencia interna; y
  • Se debe desarrollar un amplio y concienzudo plan estratégico global para la liberación, y ejecutarlo con destreza.

Porque la lucha para librar a Venezuela es más una lucha para librarnos a nosotros mismos, de tener confianza en nuestro poder y en nuestras capacidades.

En siguientes artículos continuaremos hablando sobre como debemos articular esas capacidades en la lucha no violenta, la cual no incluye sólo marchas y trancazos, sino un abanico muy amplio de casi 200 formas de oponerse y desafiar no violentamente a la dictadura. Siempre desde las perspectivas del tan repetido en este artículo Gene Sharp y su libro del que he sacado todas las citas, «De la dictadura a la democracia», que recomiendo encarecidamente leer en estos momentos que vivimos.

 

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