Dos Venezuelas: los polos del país

Hay veces que siento como un fuego en mi corazón. No es amor. No es candidez. Es rabia, molestia, humillación, y, a veces, también odio. Está dirigido a aquellos que piensan distinto, que tienen una visión política diferente. En muchas ocasiones me sorprendo de cuán hondo está el sentimiento, cuán profundo se halla en mí, incluso me avergüenza admitirlo. No lo controlo, o aún peor, no  parezco querer hacerlo. Y lo que es más, no está simplemente dirigido a los líderes del bando político al cual me opongo (no tiene mucho caso decir cuál es), sino a quienes casan con su pensamiento, a las personas de a pie, que por alguna razón u otra, concuerdan con sus políticas. Es terrible, porque no es solo una rivalidad política, un encontronazo de ideas como cualquier otro, sino una sensación de rencor y molestia, como enemigos en una batalla. De tal modo que incluso ha afectado mi vida personal, pues en mi familia no impera, cual bloque monolítico, una sola visión, sino que “conviven” varias de ellas. Mejor dicho, dos. Dos miradas a la realidad, dos bloques encontrados, ¿dos bandos en una guerra? Espero no llegue a eso.

Estoy seguro de que lo que estoy contando, si usted, lector, es venezolano, no le es ajeno. Probablemente conoce usted esa sensación de la que hablo. Quizás la alimentó con palabras llenas de odio, insultos o noticias mal intencionadas. No lo juzgo, yo también lo he hecho, desgraciadamente. Toda Venezuela lo ha hecho. Esa es nuestra crisis más grande. Más grave aún que la económica o la política, aunque probablemente espoleada por éstas.

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En medio de la tormenta

Estar en una tormenta en el mar es una situación terrible. No hay escapatoria de ese singular patíbulo, las olas embisten inmisericordemente a las embarcaciones, destruyen los mástiles  y los timones, los rugidos de los truenos parecen ser los de una bestia furiosa. Algunos marineros, fieles a una tradición politeísta, creían que el mar era un dios, o al menos, la representación de la furia de éste.

La historia es como el mar y en ocasiones tiene sus tormentas. En Venezuela lo sabemos. Durante años vivimos en aguas calmas: instituciones democráticas, un país que iba viento en popa o que al menos no estaba al borde del naufragio, una política con tiempos tan estables que éramos capaces de decir: “eso fue cuando Caldera” o “yo me acuerdo, eso fue en el de Luis Herrera”. Pero nos confiamos y dejamos que la tormenta arreciara. Una figura mesiánica y autoritaria surgió en el horizonte: nosotros le dimos la bienvenida. Como el incauto que invita al vampiro a entrar a su hogar.

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El largo brazo de la política

Venezuela vive una tragedia, no puede llamarsele de otra forma, pues como en las obras de Shakespeare, sus protagonistas están muriendo. No los bandidos de cuello blanco que nos han llevado a esta situación, ni siquiera la dirigencia política que se alza en contra de ellos, todo sea dicho, con sus propias ambiciones de poder. Son sus jóvenes. “Nos están matando”, fue el histérico grito de una mujer muy lejos del país que sentía el dolor de los que aquí luchan como suyo. De su garganta salió expelido el grito que aún profiere Venezuela, estallando en los oídos de quienes aún no despiertan.

“Nos están matando”.

¿Cómo pensar en otra cosa?, ¿Cómo permanecer impasible ante la vorágine de destrucción? Es un huracán constante de sucesos que uno tras otro no parecen augurar otra cosa que no sea una hecatombe. ¿O ya lo es? Ciertamente para las personas que vieron allanadas sus casas en Barquísimeto y Caracas, sus mascotas masacradas y sus  hijos encarcelados o amenazados bajo la ridícula etiqueta de terroristas, lo es. Cada día lloramos la pérdida de otro héroe, cual tragedia griega, en la que el destino del héroe era morir en épicas batallas.

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